
Peter Dove
Desde los bajos fondos de una ensalada de lechuga y jitomate,
ataca cucaracha hembra, peluda, parda, adulta, incivil y hambrienta.
De buenas a buenas la ingrata devora mi merienda sin tomarme en cuenta.
Si por lo menos pidiera permiso con gusto la hubiera invitado.
No lo hizo. Pagará caro el atropello.
Perforo con tenedor implacable las entrañas del insecto.
Violento charco amarillo acaricia los alimentos. No importa.
A la ensalada le faltaba condimento. Levanto el arma asesina y llevo la presa a mis ojos.
¿A qué sabrán las cucarachas? Peores cosas nos comemos.
¿Qué será pertenecer a su reino? Infiernos, seguramente infiernos, como el amor mal correspondido.
Nadie las quiere. Conforman el linaje más sombrío y marginal de los insectos.
Dueñas de la tierra desde el principio de los tiempos,
herederas de la misma cuando todo haya muerto,
guardan con Dios un oculto secreto.
Por eso son indestructibles, amorosamente fecundas, omnipresentes.
No importa lo que hagas. Siempre vuelven.
Acaso son espías del Creador, encubiertas, disfrazadas, vigías de nuestros pecados.
Acaso son ángeles caídos que aguardan como todos el juicio final y la rebelión de los justos.
Sin duda deben tener conciencia del asco humano, lo que les daría la dignidad del marginado. Si, como dijo el poeta, un ser caído en desgracia es siempre una entidad sagrada, entonces soy un criminal abyecto. Tal vez la entierre.
Sí, tal vez la entierre y guarde un minuto sin remordimientos.
Concluyo la ensalada con los dedos. Está buena. Tiene aroma de cementerio.
Leo un poema de Eduardo Lizalde:
“Ramo de Tigres era el amor, según recuerdo.”
Así era el amor. Es cierto.
Hoy, en cambio, tiene el sabor de los insectos muertos.
Y, sin embargo, te extraño. ¿Cuándo nos vemos?
C o m e n t a r i i