
No hace ni un par de días que liquidé al último fantasma. Tres meses para acabar con un solo fantasma, lo sé, no es lo que podríamos considerar un éxito, pero si tenemos en cuenta que muchos de nuestros más competentes profesionales habían fracasado en el intento y que nadie daba un solo duro por mí, comprenderán que me sienta cuando menos orgulloso. Se trataba de un fantasma astuto, discreto, escurridizo, que gustaba volver tarumbas a sus perseguidores.
Informado de los antecedentes, me lo tomé con calma y, tras sopesarlo mucho, planteé mi propia estrategia, que consistía mayormente en ser yo quien tomase la iniciativa, no corriendo tras él, no poniendo trampas por las habitaciones, ni minas en el jardín, como habían hecho mis predecesores. Determiné, pues, una táctica de desgaste, de nervios, de hacer continuamente lo contrario de lo que se esperaba de alguien como yo.
Confieso, sin embargo, que no sé hasta dónde me corresponde el exclusivo éxito de la operación.
Lo maté mientras me ejercitaba en la ballesta, un arma que según todas las estadísticas ha sido relegada en el abatimiento de fantasmas. Comprendan mi estupor al ver que la flecha se detenía súbitamente en el aire, que al instante se formaba un charco de sangre en el césped.
Sólo tras observar con más detenimiento el charco me persuadí de que aquella flecha tal vez no había dado en su blanco por azar.
También -pensé-, también los fantasmas se suicidan.












