
Cuentan: En Viena el emperador proclamó un edicto que agravaría la ya miserable condición de los judíos de Galizia. Por aquellos años, un hombre serio y estudioso llamado Feivel vivía en la Casa de Estudio del Rabí Elimelekh. Una noche se levantó, entró en el cuarto del rabí y le dijo: -Maestro, quiero entablar una demanda contra Dios. Lo decía y sus propias palabras lo aterraban. El rabí le contestó: -Está bien, pero el tribunal no sesiona de noche. Al día siguiente dos maestros llegaron a Lizhensk, Israel de Koznitz y Jacobo Yitzhak de Lublin y pararon en casa del rabí Elimelekh. Después de la merienda el rabí llamó al hombre que le había hablado y le dijo: -Explícanos ahora tu demanda. -Ahora no tengo fuerza para hacerlo -balbuceó Feivel. -Yo te doy la fuerza -dijo el rabí. Feivel empezó a hablar: -¿Por qué nos mantienen en servidumbre en este imperio? Acaso no dice Dios en la Torah: Los hijos de Israel son mis servidores. Nos ha enviado a tierras extrañas, pero debe dejarnos en libertad, para que lo sirvamos. A esto el rabí Elimelekh contestó:
-Ahora el demandante y el demandado deben salir del tribunal, como quiere la ley, para que no influyan en los jueces. Retírate, pues, rabí Feivel. A Ti, Señor del mundo, no podemos pedirte que te vayas, porque tu gloria llena la tierra y sin tu presencia no podríamos vivir un momento. Pero tampoco dejaremos, Señor, que influyas en nosotros. Los tres deliberaron en silencio y con los ojos cerrados. Al atardecer llamaron a Feivel y le comunicaron el fallo: su demanda era justa. En esa misma hora el emperador canceló el edicto.
Martin Buber.














