El diario de Transilvania

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Paraíso

In Urbe on 16 decembrie 2009 at 1:05 am

Alexander Binder

¿Basura? La basura sirve para todo. Uno encuentra los muebles de la casa, una silla para por unos clavos y un poco de arreglo, sentarse. Basura para poder tener sofá, remiendo, cama, colchón. Hasta televisión.

Es nuestra vida, el basurero. ¿Y por qué es que ahora quieren quitárnoslo? ¿Qué les voy a decir a los niños? ¿Que ya no hay juguetes? ¿Que se acabaron los zapatos? ¿Que ya no va a haber cuento, libro, dibujo?

Y mi marido ¿Qué va a hacer? ¿Nada? ¿Como va él a vivir sin las botellas, sin las latas, sin las cajas? ¿Va a deambular por la calle, a robar para comer?

¿Y qué voy a cocinar ahora? ¿Dónde voy a encontrar jitomate, ajo, cebolla? ¿Con qué dinero voy a hacer sopa, voy a hacer caldo, voy a inventar salsa?

Dígame, dígame. Explíqueme qué va a ser de nuestra vida. ¿Qué va a ser de nuestra vida? No piense que es fácil. No tengo ni remedio para el dolor de cabeza. ¿Cómo me voy a curar cuando me dé un dolor de estómago, una comezón, un chorrillo? Ande, dígame, muéstreme, aconséjeme. ¿Dónde voy a encontrar tanto remedio bueno? ¿Y espadrapo y curitas y jeringa?

La gente del gobierno debería pensar tres veces antes de hacer eso con un padre de familia. A lo mejor ellos se están fijando en esa mierda de aquí. En ese terreno. A lo mejor ellos perdieron algo. Así es. Si perdieron algo, lo vamos a encontrar. Uno espulga. Uno encuentra. Hasta billetes de lotería; lo recuerdo, hubo quien los encontrara. A lo mejor es cosa de los bancos. A lo mejor es eso, descubrieron que la basura da dinero, que puede dar suerte, que es lujo, que la basura tiene valor.

Por ejemplo, ¿dónde vamos a vivir?, ¿eh? ¿Dónde vamos a vivir? Aquellas casuchas, todo lo que está alrededor del basurero, ¿quién lo va a recoger? ¿Usted, el gobernador? No. Eso de prometer casas que uno no puede pagar son patrañas, es cuento para tontos. Ellos nos avientan a una pocilga. Pa’ dónde irán esos pobres zopilotes?

¿La perra, el perro?

Usted había de ver. Todo aquí es una fiesta. Los niños, las niñas en aquel alboroto, brincando encima del arroz, de los frijoles. Ayudando a escoger. Uno ya conoce lo que es bueno de lejos, nomás por el tipo del camión. Hay unos que vienen directo del supermercado, de la carnicería. ¿Cuándo en la vida vamos a conseguir carne tan barata? Bisteces, filete, paloma –¿El joven está servido? ¿La joven?

Los choferes ya lo conocen a uno. Hay unos que hasta guardan para ellos la mejor parte. Hay cosas muy buenas, desperdiciadas. Tanta gente que compra lo que no usa – ropa nueva, velos, guirnaldas. Mi hija ya se puso un vestido de novia, hasta la argolla encontramos aquí, en un cuerpo. Así es. Viene a parar mucho hombre muerto, mucho criminal. Uno ya está acostumbrado. Casi cada semana el coche de la policía deja su basura aquí, depositada. Balas, revólveres 38. Uno no tiene miedo, joven. Nomás hay que quedarse callado.

Ahora, ¿qué tiene en la cabeza esa gente? Nunca les dimos lata. No queremos de ellos nada que no esté aquí tirado, roto, aventado. No queremos otra cosa que este basurero para vivir. Este basurero para morirnos, para ser enterrados. Para criar a nuestros hijos, enseñar nuestro oficio, tener qué comer. Para continuar en la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Que no falten juguetes, comida, trabajo.

No, ellos nunca nos van a sacar de este basurero. Tengo fe en Dios, con la ayuda de Dios, ellos nunca nos van a sacar de este basurero. Ellos dicen que sí, que lo van a hacer. Pero no lo creo. Ellos nunca van a conseguir sacarnos de este paraíso.

Marcelino Freire

Antiguas aeromozas

In Istorie on 6 decembrie 2009 at 1:27 am

La Asociación de Antiguas Aeromozas celebra su convención anual a bordo de un viejo Hércules C-130 donado por una compañía aérea. Son cien, ciento veinte señoras, todas alegres, todas nostálgicas. La reunión en el viejo aeropuerto, hoy fuera de servicio por cuestiones de seguridad, es ya motivo de alegría y emoción. Se saludan, se abrazan, intercambian cumplidos: ¡Cómo está usted bonita! ¡Qué bien conservada!

Se embarcan cantando el Himno de las Antiguas Aeromozas (“Entre las nubes de borde dorado/ reposa un recuerdo, tan atesorado”). Cuando el avión despega, no pueden contener lágrimas nostálgicas. Pero en cuanto la aeronave queda nivelada a una altura conveniente, se disputan con entusiasmo los carritos: quieren servir. “¿Puedo ofrecerle un lunch, señora?” “¿Algo de beber, señora?” Se sigue con la declamación de poemas, la representación de sketches y, al fin, el momento culminante: evocando los tiempos heroicos de la aviación, todas se lanzarán en paracaídas.

Algunos no abrirán. Pero ello está previsto. La vida en las alturas no sería posible sin un mínimo de titilantes incertidumbres.

Moacyr Scliar

Residuos

In Urbe on 23 aprilie 2009 at 4:12 am

John Rosenthal

Un hombre y una mujer se encuentran en el palier, cada uno con su bolsa de residuos. Es la primera vez que se hablan.

Buen día.

Buen día.

Usted es del 610.

Y usted es del 612.

Sí.

Todavía no lo conocía personalmente.

Ajá.

Disculpe mi indiscreción, pero he visto sus bolsas de resi­duos…

¿Mis qué?

Sus residuos.

Ah.

Noté que nunca es mucho. Su familia debe ser chica…

La verdad, soy yo solo.

Hmmm. Vi también que usa mucha comida en lata.

Es que tengo que hacerme la comida. Y como no sé cocinar…

Entiendo.

Usted también…

Tratáme de vos.

Vos también perdoná mi indiscreción, pero vi algunos restos de comida en tus bolsas. Champiñones, cosas por el estilo…

Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra…

¿Usted… vos no tenés familia?

Tengo, pero no aquí.

En Espíritu Santo.

¿Cómo sabés?

Vi unos sobres en la basura. De Espíritu Santo.

Sí. Mamá escribe todas las semanas.

¿Ella es maestra?

¡Qué increíble! ¿Cómo fue que adivinaste?

Por la letra en el sobre. Me pareció letra de maestra.

Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por sus residuos…

Y… no.

El otro día tenía un telegrama abollado.

Sí.

¿Malas noticias?

Mi padre. Murió.

Lo siento mucho.

Ya estaba muy viejito. Allá en el Sur. Hace tiempo que no nos veíamos.

¿Fue por eso que volviste a fumar?

¿Cómo sabés?

De un día para otro empezaron a aparecer en tu basura eti­quetas de cigarrillos.

Es cierto. Pero conseguí dejar otra vez.

Yo, gracias a Dios, nunca fumé.

Ya sé. Pero he visto frasquitos de pastillas en tu basura.

Tranquilizantes. Fue una etapa. Ya pasó.

¿Te peleaste con tu novio, no es cierto?

¿Eso también lo descubriste en la basura?

Primero el ramo de flores con la tarjeta, arrojado afuera. Des­pués, muchos pañuelos de papel.

Sí, lloré bastante, pero ya pasó.

Pero hoy todavía veo unos pañuelitos…

Es que estoy un poco resfriada.

Ah.

Muchas veces veo revistas de palabras cruzadas en tus bol­sas.

Sí…, es que… me quedo mucho en casa. No salgo mucho, sabés.

¿Novia?

No.

Pero hace algunos días había una foto de una mujer en tus bolsas. Y muy bonita.

Estuve limpiando unos cajones. Cosas viejas.

Pero no rompiste la foto. Eso significa que, en el fondo, querés que ella vuelva.

¡Vos ya estás analizando mis residuos!

No puedo negar que me interesaron.

Qué gracioso. Cuando examiné tus bolsas, pensé que me gustaría conocerte. Creo que fue por la poesía.

¡No! ¿Vos viste mis poemas?

Los vi y me gustaron mucho.

¡Pero son malísimos!

Si realmente creyeras que son malos, los habrías roto. Sola­mente estaban doblados.

Si hubiera sabido que los ibas a leer…

No me los quedé porque, a fin de cuentas, estaría robando. A ver, no sé; ¿lo que alguien tira a la basura, sigue siendo de su propiedad?

Creo que no, la basura es de dominio público.

Tenes razón. A través de la basura, lo particular se hace públi­co. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los otros. Es comunitario, es nuestra parte más social. ¿Será así?

Bueno, ya estás profundizando demasiado en el tema de la basura. Creo que…

Ayer, en tus residuos…

¿Qué?

¿Me equivoco o eran cáscaras de camarones?

Acertaste. Compré unos camarones grandes y los pelé.

Me encantan los camarones.

Los pelé, pero todavía no los comí. Quizás podríamos…

¿Cenar juntos?

Claro.

No quiero darte trabajo.

No es ningún trabajo.

Se te va a ensuciar la cocina.

No es nada. En seguida se limpia todo y se tiran los restos.

¿En tu bolsa o en la mía?

Luis Fernando Verissimo

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Felicidad clandestina

In Societate on 19 februarie 2009 at 1:32 am

Erika Pham

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.

¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

Clarice Lispector

Drácula

In Vampire on 23 octombrie 2008 at 1:34 am

Adapse

revoloteo ventana adentro

estoy aquí al lado

de tu cuello largo y blanco

con mis dientes puntiagudos

para ese coito tan rojo

vos despertás en trance

revoloteo otra vez

a media luz dos lámparas

de regreso a mi máscara

cuando entro en la sala

con la cara distinta y blanca

de ojeras verdosas

mi imagen en negativo

no se refleja en el espejo

vos soltás un grito de horror

revoloteo ventana afuera

Sebastiâo Uchoa Leite