El diario de Transilvania

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Vampiros

In Vampire on 28 noiembrie 2009 at 1:04 am

Charles Burchfield

¿Es posible que haya vampiros en el siglo XVIII, después del reinado de Locke, de Saftersbury, de Trenchard y de Collins? ¿Y en el reinado de d’Alembert, de Diderot, de Saint Lambert y de Duclós se cree en la existencia de los vampiros, y el reverendo benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con la aprobación de la Sorbona?

Los vampiros eran muertos que salían por la noche del cementerio para chupar la sangre a los vivos, ya en la garganta, ya en el vientre, y que después de chuparla se volvían al cementerio y se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los vampiros chupaban la sangre, se quedaban pálidos y se iban consumiendo; y los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban completamente apetitosos. En Polonia, en Hungría, en Silesia, en Moravia, en Austria y en Lorena, eran los países donde los muertos practicaban esa operación. Nadie oía hablar de vampiros en Londres ni en París. Confieso que en esas dos ciudades hubo agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo; pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupones no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios.

¿Quién es capaz de creer que la moda de los vampiros la adquirimos de Grecia? No de la Grecia de Alejandro, de Aristóteles, de Platón, de Epicuro y de Démostenes, sino de la Grecia cristiana y por desventura cismática.

Hace mucho tiempo que los cristianos del rito griego creían que los cuerpos de los cristianos del rito latino, que se enterraban en Grecia, no se pudrían, porque estaban excomulgados. Creían precisamente lo contrario que nosotros los cristianos del rito latino, que creemos que los cuerpos que no se corrompen son los que tienen impreso el sello de la bienaventuranza eterna, y en cuanto se pagan a Roma cien mil escudos por la canonización de cada santo, tributamos a éste la adoración de dulía.

Los griegos están convencidos de que sus muertos son hechiceros, y les dan el nombre de broucolacas. Los muertos griegos van a las casas a chupar la sangre de los niños, a comerse la cena de los padres y de las madres, a beberse el vino y a romper todos los muebles. Sólo puede hacérseles entrar en razón quemándolos cuando los atrapan; pero se necesita tener la precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de haberles arrancado el corazón, que debe quemarse aparte.

El célebre Tournefort, emisario que mandó a Levante Luis XIV, lo mismo que otros aficionados, fue testigo de algunas jugarretas atribuidas a uno de los broucolacas y de la citada ceremonia.

Después de la maledicencia nada se comunica tan rápidamente como la superstición, el fanatismo, el sortilegio y los cuentos de aparecidos. Pronto hubo broucolacas en Valaquia, en Moldavia y en Polonia, aunque esta nación pertenece al rito romano y no le faltaba más que esta superstición, que se transmitió a toda la parte oriental de Alemania. Continuamente estuvieron ocupándose de los vampiros desde 1730 hasta 1735; los espiaron, les arrancaron el corazón y los quemaron; pero semejantes a los antiguos mártires, cuantos más quemaban más aparecían.

Calmet fue su historiógrafo, y se ocupó de los vampiros, como antes se había ocupado del Antiguo y del Nuevo Testamento, refiriendo fielmente todo lo que sobre esta materia habían dicho antes que él.

Debe ser una cosa curiosísima examinar los procesos verbales jurídicamente entablados a los muertos que salieron de sus fosas para chupar la sangre a los niños y a las niñas de la vecindad. Calmet refiere que en Hungría dos empleados que para este objeto nombró el emperador Carlos VI, con el bailío y el verdugo, fueron a formar causa a un vampiro, muerto seis semanas antes, que chupaba la sangre de los niños de la vecindad, y le encontraron cerrado en el ataúd, fresco, robusto, con los ojos abiertos y pidiendo de comer. El bailío dictó la sentencia; el verdugo arrancó el corazón al vampiro, y después de esta operación ya no chupó la sangre a nadie. Después de este caso nadie debe atreverse a dudar de los muertos resucitados que llenan las antiguas leyendas, ni de ninguno de los milagros que refieren Bollandus y el sincero y reverendo Ruinard.

Encontramos historias de vampiros hasta en las Cartas judías de Argens, a quien los jesuitas acusaron de incrédulo y que luego saborearon su triunfo, cuando el citado autor refirió la historia del vampiro de Hungría, y dieron gracias a Dios y a la Virgen por la conversión de Argena. He aquí lo que dijeron del referido autor: «El famoso incrédulo que dudó de la aparición del ángel a la Virgen, de la estrella que vieron los Reyes Magos, de que se curaran los poseídos, de que se ahogaran dos mil cerdos en un lago, del eclipse que hubo de sol en luna llena, de los muertos que se paseaban por Jerusalén; tocado por la divina gracia, se iluminó su espíritu, y cree en la existencia de los vampiros».

La gran cuestión que hubo entonces fue averiguar si aquellos muertos resucitaron por su propia virtud, por el poder de Dios o por el poder del diablo. Los grandes teólogos de Lorena, de Moravia y de Hungría hicieron públicas sus opiniones y su ciencia. Recordaron todo cuanto antes San Agustín, San Ambrosio y otros santos dijeron más ininteligible respecto a los vivos y a los muertos. Trajeron a colación todos los milagros de San Esteban que están incluidos en el séptimo libro de las obras de San Agustín, y he aquí uno de los más curiosos. Quedó aplastado un joven en África en la ciudad de Aubzal bajo las ruinas de una muralla, y la viuda fue inmediatamente a invocar a San Esteban, de quien ella era devota, y San Esteban resucitó al aplastado, al que le preguntaron qué es lo que había visto en el otro mundo: «Señores, contestó a los que le preguntaban: cuando mi alma salió de mi cuerpo, encontró infinidad de almas que le hicieron la misma pregunta respecto al mundo. Yo iba no sé a donde cuando encontré a San Esteban, que me dijo: «Devolved lo que habéis recibido». Yo le repliqué: «¿Qué queréis que os devuelva si nunca me disteis nada?» Me repitió tres veces: «Devolved lo que habéis recibido». Entonces comprendí que quería hablar del Credo. Recé el Credo, y en seguida me resucitó.

Citaron además los referidos teólogos las historias que refiere Sulpicio Severo en la vida de San Martín, y probaron que entre los muertos que resucitó San Martín devolvió la vida a un condenado; pero todas esas historias, aunque sean verdaderas, no tenían nada que ver con los vampiros que chupaban la sangre de los niños y luego volvían a meterse en sus ataúdes. Buscaron también en el Antiguo Testamento y en la mitología algún vampiro que pudieran presentar como caso antiguo; no encontraron ninguno, pero probaron, sin embargo, que los muertos comían y bebían, fundándose en que algunos pueblos antiguos les metían alimentos en las fosas.

Cuestionaron también si comía el alma o el cuerpo del muerto, y quedó decidido que comían la una y el otro. Los platos más delicados y de poca substancia, como los merengues y la crema, se los comía el alma, y el rost-bif y el bifs-teak se los comía el cuerpo.

Decían que los reyes de Prusia fueron los primeros que después de muertos se hacían servir alimentos, y que los imitaban casi todos los reyes de entonces, pero fueron los frailes los que se les comían la comida y la cena y los que se les bebían el vino; de modo que, hablando con propiedad, los reyes no eran vampiros; los verdaderos vampiros son los frailes, que comen a expensas de los reyes y de los pueblos.

Verdad es que San Estanislao, que había comprado gran extensión de terreno a un gentilhombre polaco y no se lo había pagado, perseguido por los herederos ante el rey Boleslao, resucitó a dicho gentilhombre; pero fue únicamente para pagarle la deuda, y no se dice que diera ni un solo vaso de vino al vendedor, que se volvió al otro mundo sin comer ni beber.

Se agita con frecuencia la grave cuestión de si puede absolverse al vampiro que murió excomulgado; no soy teólogo bastante profundo para decidirlo; pero por mi parte yo lo absolvería porque cuando hay que escoger entre dos partidos dudosos, debe elegirse el más benigno.

El resultado de todo es que una gran parte de Europa estuvo infestada de vampiros durante cinco o seis años, y que hoy ya no existen; que hubo convulsionarios en Francia durante más de veinte años, y que hoy ya no los hay; que resucitaron muertos durante algunos siglos, y que hoy ya no los resucitan; que tuvimos jesuitas en España, en Portugal, en Francia y en las Dos Sicilias, y que hoy ya no los tenemos.

Voltaire

 

El gesto de la muerte

In International on 24 noiembrie 2009 at 1:41 am

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Helmut Newton

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:

Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?

No fue un gesto de amenaza —le responde— sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.

Jean Cocteau

 

El taoísta

In International on 30 octombrie 2009 at 1:53 am

Un cazador para asustar la caza prendió fuego a un bosque. De pronto vio a un hombre que salía de una roca. El hombre atravesó el fuego sosegadamente. El cazador corrió tras él.

-Diga, pues. ¿Cómo hace para pasar a través de la roca?

-¿La roca? ¿Qué quiere decir con eso?

-También lo vi pasar a través del fuego.

-¿Fuego? ¿Qué significa fuego?

Ese perfecto taoísta, completamente borrado, no veía las diferencias de nada.

Henri Michaux

Las tres carreras

In International on 15 septembrie 2009 at 1:05 am

Juan Gris

Las higueras han dejado caer sus higos y los olivos sus aceitunas, porque algo extraño ha ocurrido en la isla de Scira. Una muchacha huía, perseguida por un muchacho. Se había levantado el bajo de la túnica y se veía el borde de sus pantalones de gasa. Mientras corría dejó caer un espejito de plata. El muchacho recogió el espejo y se miró en él. Contempló sus ojos llenos de sabiduría, amó el juicio de éstos, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha comenzó de nuevo a huir, perseguida por un hombre en la fuerza de su edad. Había levantado el bajo de su túnica y sus muslos eran semejantes a la carne de un fruto. En su carrera, una manzana de oro rodó de su regazo. Y el que la perseguía cogió la manzana de oro, la escondió bajo su túnica, la adoró, cesó su persecución y se sentó en la arena. Y la muchacha siguió huyendo, pero sus pasos eran menos rápidos. Porque era perseguida por un vacilante anciano. Se había bajado la túnica, y sus tobillos estaban envueltos en un tejido de muchos colores. Pero mientras corría, ocurrió algo extraño, porque uno después de otro se desprendieron sus senos, y cayeron al suelo como nísperos maduros. El anciano olió los dos, y la muchacha, antes de lanzarse al río que atraviesa la isla de Scira, lanzó dos gritos de horror y de pesar.

Marcel Schwob

Para acrisolar oro con salamandras

In Cultura on 28 august 2009 at 1:42 am

Toma dos libras de bronce pulido, un jarro de leche de cabra y nueve salamandras, y pon todo en un jarro ancho abajo y angosto arriba, tápalo con su tapa bien ajustada, la cual tendrá un agujero en la parte superior; hunde el jarro en tierra húmeda, tan hondo, que la parte de arriba de la tapa, donde están los agujeros, sea lo único que aparezca, a fin de que las salamandras puedan tener aire y no se mueran. Déjalo así hasta el mediodía séptimo.

Saca entonces tu jarro: verás que las salamandras, forzadas por el hambre, se han comido el bronce, y que la gran fuerza de la ponzoña forzó al cobre a convertirse en oro.

Haz luego una fosa de dos dedos de profundidad, en la cual pondrás tu jarro con las salamandras; en seguida enciende alrededor un fuego de carbón que queme por arriba y por abajo, un poco menos, no obstante, por abajo que por arriba.

Sin embargo, hunde el jarro en tierra a fin de que el cobre no se funda. Y en cuanto te parezca que las salamandras, quemadas, se han hecho ceniza, quita el jarro del fuego y déjalo que se enfríe. Una vez hecho esto, vuelca el cobre y el polvo en una batea y vierte agua encima, limpiando al cobre de la susodicha ceniza; luego cuélgalo en el humo y deja que se seque bien. Tendrás un buen oro.

Hazlo limpiar por un orfebre.

Alfred Jarry

La enfermedad de la muerte

In Sexualitate on 14 iunie 2009 at 1:29 am

Yves Galzin

Un hombre aquejado de la enfermedad de la muerte pregunta a una mujer: ¿cómo el sentimiento de amar puede surgir?, y ella te responde: quizás de una falla repentina en la lógica del universo. Ella dice: Por ejemplo de un error. Ella dice: nunca de un querer. Preguntas: ¿el sentimiento de amar podría surgir de otras cosas aún? Le suplicas decir. Ella dice: De todo, de un vuelo de pájaro de noche, de un sueño, de un sueño de sueño, de la cercanía de la muerte, de una  palabra, de un crimen, de sí, de sí mismo, repentinamente sin saber cómo. Ella dice: mira. Abre sus piernas y en el hueco de sus piernas separadas ves al fin la noche negra. Dices: era ahí

Marguerite Duras

La vuelta del maestro

In Istorie on 12 iunie 2009 at 1:25 am

Eugenio Recuenco

Eugenio Recuenco

Desde sus primeros años, Migyur -tal era su nombre- había sentido que no estaba donde tenía que estar. Se sentía forastero en su familia, forastero en su pueblo. Al soñar, veía paisajes que no son de Ngari: soledades de arena, tiendas circulares de fieltro, un monasterio en la montaña; en la vigilia, estas mismas imágenes velaban o empañaban la realidad. A los diecinueve años huyó, ávido de encontrar la realidad que correspondía a esas formas. Fue vagabundo, pordiosero, trabajador, a veces ladrón. Hoy llegó a esta posada, cerca de la frontera. Vio la casa, la fatigada caravana mogólica, los camellos en el patio. Atravesó el portón y se encontró ante el anciano monje que comandaba la caravana. Entonces se reconocieron: el joven vagabundo se vio a sí mismo como un anciano lama y vio al monje como era hace muchos años, cuando fue su discípulo; el monje reconoció en el muchacho a su viejo maestro, ya desaparecido. Recordaron la peregrinación que había hecho a los santuarios del Tíbet, el regreso al monasterio de la montaña. Hablaron, evocaron el pasado; se interrumpían para intercalar detalles precisos. El propósito del viaje de los mogoles era buscar un nuevo jefe para su convento. Hacía veinte años que había muerto el antiguo y que en vano esperaban su reencarnación. Hoy lo habían encontrado. Al amanecer, la caravana emprendió su lento regreso. Migyur regresaba a las soledades de arena, a las tiendas circulares y al monasterio de su encarnación anterior.

Alexandra David-Neel

Un abogado en el cielo

In Justitie on 25 mai 2009 at 1:09 am

Giotto

Cuando murió Yves, su alma subió al cielo. Y a la puerta del paraíso vio un gran tumulto de justos que se apiñaban y a grandes voces reclamaban sus derechos y protestaban sus méritos. San Pedro no sabía qué hacer y en vano trataba de restablecer el orden. El guirigay subía de tono y el portero iba de un lado a otro, atendiendo a todos y no resolviendo nada.

Yves, a quien no le agradaba mezclarse en motines, se acercó sigilosamente a la puerta, salvó el infranqueable umbral y se deslizó al interior del paraíso. Pero San Pedro lo había visto. Le llamó y al momento comprobó que no figuraba en ninguna de las listas de los bienaventurados.

Y le preguntó:__ « ¿Cómo os llamáis? »

« Yves », contestó el santo.

« ¿Y qué érais cuando vivíais sobre la Tierra? »

« Bretón »

« Eso no es un oficio. He querido decir a qué os dedicábais, qué profesión ejercíais. »

« Abogado »

« Humm, murmuró San Pedro, salid, salid y ya veré luego con calma vuestro caso ».

Pero Yves no estaba dispuesto a perder así como así un bien ganado con tanto esfuerzo.

« En verdad– dijo con severo acento– , no esperaba yo que hubiera de ser precisamente en el paraíso donde la autoridad de la ley se vulnerara de este modo.»

« ¿Cómo…? »– inquirió el Apóstol.

« Es claro: yo tengo possessio, como sabéis, y… »

« Perdonad– le contestó San Pedro– yo no sé de qué hablaís. Yo, realmente, no soy más que un pobre pescador… Explicaos por favor.»

« La lex retinendæ possessionis– respondió el jurisperito– protege en todo momento el disfrute de la possessio, siempre que no se oponga el caso vitiosæ possessionis. De modo que aquel que posee “ sin violencia” tiene justa posesión; tal es mi caso. Segunda condición: “ sin ocultamiento”. Todos me han visto, incluso vos. Tercera condución “ sin precariedad”. Es obvio recordar que se trata en este caso de un bien eterno. Tal vez prefiráis que recurramos al Derecho Canónico. Si conocéis el canon sæpe, recordaréis que en él se exige, para que el poseedor sea privado de su possessio, que se trate de un detentor de mala fe. Yo no lo soy; podeís comprobarlo. Por otra parte, os advierto que la Ley de las Doce Tablas prescribe que la possessio, pasado cierto límite de tiempo, es ya propiedad de “plano”, en virtud de la autoridad inviolable del uso: usus auctoritas, usucapion. Y en fín, concluyó enfático, Justiniano ya especifica que el demandante deberá velar por su propiedad y reivindicar en el tiempo oportuno…»

« Reivindico, » gritó San Pedro, que de todo aquél galimatías no había comprendido sino la última frase.

« Bien– replicó Yves, espero que me comuniquéis vuestra reclamación por un alguacil, pues de otro modo no será válida. »

« Sí, sí, claro… ¡Ángeles, traedme un alguacil. »

Los mensajeros celestiales recorrieron todo el paraíso y no encontraron un solo alguacil. Regresaron contristados y dieron cuenta a San Pedro de su infructuosa búsqueda. Y el abogado se quedó en el paraíso hasta en tanto que ingresase un alguacil que pudiera notificarle, dentro de la más exacta legalidad, la justa demanda de San Pedro.

« Pero para entonces… ¡Ya habrá prescrito! », se dijo así mismo Yves, que por lo visto, no tenía muy buena opinión de los alguaciles.


Paraiso

In Editorial on 4 februarie 2009 at 1:34 am

Paul Klee

Porque el hombre es trascendencia, jamás podrá imaginar un paraíso. El paraíso es el reposo, la trascendencia negada, un estado de cosas ya dado, sin posible superación. Pero en ese caso ¿qué haremos? Para que el aire sea respirable tendrá que dejar paso a las acciones, a los deseos, que a su vez tenemos que superar: tendrá que dejar de ser paraíso. La belleza de la tierra prometida es que ella prometía nuevas promesas. Los paraísos inmóviles no pueden prometer más que un eterno aburrimiento.

Simone de Beauvoir

La última ecuación

In Cultura on 11 ianuarie 2009 at 1:37 am

Fue un trabajo abrumador, para dejarlo sin aliento.

Diez años estuvo encerrado en la biblioteca, sin salir, colmando hoja tras hoja, volviéndolas a leer, viajando por el prodigioso universo de matemáticas que creaba lentamente.

Al llegar al décimo año, vio perfilarse la silueta del resultado: la última ecuación, la perfecta solución, la prueba matemática de la existencia de dios.

Tuvo que recurrir a innumerables posibilidades: a edificar un modelo exacto y teórico del universo; reunir un millón de coordenadas y atarlas en apretados rimeros, quemar todo y pesar las cenizas. Mas ahora conocía la última ecuación y la formulaba, la demostraba. Sencilla como era, abrumaba un millar de hojas. Trabajó veinte horas diarias. Y en tres meses de trabajo agotador, dio fin a la tarea, al descubrimiento definitivo del genio humano.

Trazó la última línea, dibujó amorosamente la última letra, la subrayó dudando un momento antes de añadir la palabra “fin” en mayúsculas.

Y entonces la voz todopoderosa, majestuosa y tonante, brotó de todas partes y de ninguna. Dio un salto, lleno de susto.

__ Está bien– dijo la voz– me has encontrado. Ahora te toca a ti esconderte. Voy a contar un millón de años. Y no hagas trampa…

Gerard Klein

Tilopa

In International on 2 ianuarie 2009 at 1:36 am

Claudia Rogge

Entonces el discípulo atravesó el país en busca del maestro predestinado. Sabía su nombre: Tilopa; sabía que era imprescindible. Lo perseguía de ciudad en ciudad, siempre con atraso.

Una noche, famélico, llama a la puerta de una casa y pide comida. Sale un borracho y con voz estrepitosa le ofrece vino. El discípulo rehúsa, indignado. La casa entera desaparece; el discípulo queda solo en mitad del campo; la voz del borracho le grita: yo era Tilopa.

Otra vez un aldeano le pide ayuda para cuerear un caballo muerto; asqueado, el discípulo se aleja sin con­testar; una burlona voz le grita: yo era Tilopa.

En un desfiladero un hombre arrastra del pelo a una mujer. El discípulo ataca al forajido y logra que suelte a su víctima. Bruscamente se encuentra solo y la voz le repite: yo era Tilopa.

Llega, una tarde, a un cementerio; ve a un hombre agazapado junto a una hoguera de ennegrecidos restos humanos; comprende, se prosterna, toma los pies del maestro y los pone sobre su cabeza. Esta vez Tilopa no desaparece.

Alexandra David-Neel