El diario de Transilvania

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Pitágoras

In Editorial on 21 decembrie 2009 at 1:00 am

Pitágoras aprendió de los Magos egipcios que del uno deriva el número; de los números, el punto; de los puntos, las líneas; de las líneas, los planos; de los planos, los sólidos; de los sólidos, los cuatro elementos que conforman el universo, criatura viva y en constante movimiento. De ahí que la unidad sea la base de todas las cosas. En la escuela que fundó alababa la sabiduría del circulo, en donde todos los puntos están unidos y no hay principio ni fin.

Hermes le concedió el don de recordar todas y cada una de sus vidas anteriores en pago de su sabiduría. Fue a un tiempo y para siempre el germen que cae al agua y se convierte en alga, el alga mudada en liquen, el liquen transformado en larva y el gusano en mariposa, el insecto transmutado en ave y trocado en jaguar y después en hombre y en mujer y en germen y en alga.

Su talento le conquistó el dolor de vivir el infierno en vida.

Mujina

In International on 4 decembrie 2008 at 1:17 am

Edwin Mrushiro

Junto a la carretera Akasaka, en Tokyo, hay una cuesta llamada Kii-no-kuni-zaka, es decir, la Cuesta de la Provincia de Kii. Ignoro por qué se llama la Cuesta de la Provincia de Kii. A un lado de la cuesta hay un antiguo foso, muy profundo y muy ancho, cuyas verdes orillas se elevan hasta una zona de jardines; y al otro lado de la carretera se extienden las largas e imponentes murallas de un palacio imperial. Antes de la época de las lámparas callejeras y las jinrikishas, este paraje era muy solitario durante la noche; y los peatones que viajaban a horas tardías preferían desviarse varias millas antes que ascender el Kii-no-kuni-zaka, a solas, después del crepúsculo.

Todo a causa de una Mujina que solía pasearse por el lugar.

El último hombre que vio a la Mujina fue un viejo mercader del barrio Kyobashi, muerto hace treinta años. Esta es la historia tal como él la refirió:

Una noche, a horas tardías, el mercader ascendía el Kii-no-kuni-zaka, cuando vio a una mujer en cuclillas junto al foso; estaba sola y lloraba con amargura. Temiendo que la mujer quisiera ahogarse, él se detuvo para ofrecerle cuanta ayuda o consuelo estuviera en sus manos. Ella vestía con elegancia, y tenía un aspecto grácil y ligero; llegaba el cabello peinado como el de una joven de buena familia.

-O-jochu -exclamó el mercader, acercándose-, O-jochu, no lloréis de ese modo… Decidme qué os aqueja, y si hay algún modo de ayudaros, yo me ofreceré gustoso.

(El mercader era sincero en sus palabras, pues era hombre de buen corazón.) Pero ella continuó llorando, y ocultaba el rostro en una de sus amplias mangas.

-O-jochu -repitió el mercader con dulzura-, os ruego que me escuchéis. Este lugar, a estas horas, no conviene a una dama. ¡No lloréis, os lo imploro! ¡Sólo decidme cómo puedo ayudaros!

Ella se incorporó con lentitud, pero le volvió la espalda y prosiguió con sus gemidos y sollozos. Él le puso la mano sobre el hombro, rogándole:

-¡O-jochu! ¡O-jochu! ¡O-jochu!

Entonces la O-jochu se volvió, apartó la manga y se golpeó la cara con la mano; y el hombre vio que en ese rostro no había ojos ni boca ni nariz… y se alejó con un alarido.

Subió por el Kii-no-kuni-zaka, corriendo sin cesar, cercado por la desierta tiniebla. Corría sin atreverse a mirar atrás; y al fin vio una luz, tan distante que parecía el destello de una luciérnaga; se dirigió hacia ella. No era sino la lámpara de un vendedor ambulante de soba quien había acampado junto a la carretera; pero cualquier luz y cualquier compañía humana era bienvenida después de semejante experiencia; y el mercader se arrojó a los pies del vendedor de soba, sin dejar de gemir.                                                               -¡Koré! ¡Koré! -exclamó el vendedor-. ¡Basta! ¿Qué le ocurre? ¿Alguien lo atacó?

-No.. . nadie me atacó -jadeó el otro-… sólo que… ¡Aa! ¡Aa…!

-¿Sólo lo asustaron? -preguntó el vendedor con hosquedad-. ¿Asaltantes?

-No, asaltantes no, asaltantes no -musitó el aterrado mercader- Vi… vi una mujer… junto a la fosa… y me mostró….  ¡Ah!, no puedo decirle lo que me mostró…

-¡Hé! ¿Le habrá mostrado algo como esto? -gritó el vendedor de soba, golpeándose la cara. Ésta se transformó en un Huevo. Y, simultáneamente, se apagó la luz.

Lafcadio Hearn