
Pierre Molinier
Si uno quería estudiar en la escuela de Teatro de Transilvania, era necesario desnudarse ante tres modernos inquisidores, quienes advertían por la conducta del aspirante si tenía el juicio para ingresar a la institución.
Recuerdo a Carlos.
___ Desnúdese, señor Pérez.
Carlos se desnudó casi por completo. Se dejó los calcetines.
___ Señor Pérez, quítese los calcetines por favor.
___ Así está bien maestra, gracias.
___Señor Pérez, haga el favor de quitarse los calcetines de inmediato.
___ ¿Para qué?
Carlos defendió como pudo su derecho a no perder lo que consideraba el corazón de su intimidad. Desde luego fue rechazado. Entonces estaba muy mal visto manías no clasificadas.
¿Por qué no se quitó los calcetines? Los cuates especulábamos sin ninguna base real. Sólo conjeturas. Dicen que tenía nueve dedos, que tenía once, que sus pies apestaban, que no tenía uñas, que si las tenía pero con hongos, que sus índices estaban chuecos, que los tenía pintos o que fue por sugerencia de su madre, quien le advirtió sobre los peligros de andar descalzo por el mundo.
Carlos nunca dio su versión oficial; simplemente desapareció.
Dejé de verlo cuatro años. En 1995, la última vez que lo vi, trabajaba en un almacén comercial en la ciudad de Cluj-Napoca, como encargado del departamento de ropa interior para caballeros. Platicamos dos minutos de cosas sin importancia, intercambiamos números telefónicos, quedamos que nos veríamos en uno de estos días.
Antes de marcharme le compré un par de calcetines negros que aún conservo pero que no me he puesto jamás.